“¿Me ahogué en un vaso de agua?” per Constanza Prado Carrillo (mare de Maxi)

“Desde que soy mamá (hace 3 años) escuché en cada ida al parque y junta con amigas que otras mamás sufrían porque sus hijos a punto de entrar al colegio aún usaban pañales. Nunca entendí por qué tanta preocupación, si […]

“Desde que soy mamá (hace 3 años) escuché en cada ida al parque y junta con amigas que otras mamás sufrían porque sus hijos a punto de entrar al colegio aún usaban pañales. Nunca entendí por qué tanta preocupación, si el control de esfínteres es algo natural y como tal, debería ser uno más de los tantos aprendizajes de los niños durante su primera infancia.

Pero estaba en un error.

Este verano sabía que era mi turno, que estábamos a 3 meses de entrar a clases y mi hijo aún usaba pañal. Era un tema que pensaba desde la mañana hasta la noche, miraba cómo él estaba lejos de avisarme porque solo se preocupaba de jugar y jugar sin parar. Vi casi imposible poder hacerlo y el tiempo se acercaba. Ya quedaban 2 meses pero seguía sin querer intentarlo y en cada junta con otras mamás me preguntaban (casi como un ataque hacia mi relajo) por qué aún no comenzaba si ya quedaba poco para la temida entrada a P3 / fuera pañal. ¡Qué susto!

Pero seguía sin entender por qué tanto miedo y amenaza colectiva, por qué tanto problema si en los colegios se supone que se respetan los ritmos individuales y procesos madurativos de cada niño. Cuando faltaba poco más de 1 mes, me dijeron en tono cotilleo que, si mi hijo seguía con pañales a la entrada en septiembre, me lo mandarían a la guardería de nuevo (seguro otro año) y ahí entre en pánico, literal.
4 semanas, y descontando… Y comencé, por el puro miedo del rechazo en su colegio y que “sea el único” que aún lleva pañal, sabiendo que mi hijo no estaba preparado. 

Comenzamos la misión en agosto, 4 largas semanas en donde vi todo negro, no había avance de ningún tipo, limpiar, desinfectar y lavar ropa era lo que más hacía y sobre todo correr detrás de él, a cada rato preguntándole si quería ir al baño, presionándolo como si fuera normal hacerlo. A la segunda semana de odisea me decía “sí mama, baño” pero se refería a darse un baño, jugar en el agua y divertirse… Empecé a usar la palabra váter, pero tampoco me sirvió. Él aún no tenía ni 3 años.

Llegó el temido día lunes y la entrada al colegio era inminente: esa noche no dormí del estrés, pensando en cuántas mudas de ropa enviarle en vez de pensar y preparar otras cuestiones más importantes, ¡mi hijo se estaba haciendo mayor!, conocerá niños nuevos, será un momento emocionante, de tantos cambios, de desapego, de crecimiento, pero ahí estaba yo… en vez de preguntarme ¿será igual de feliz lejos de mí? me pregunté ¿le tendrán la misma paciencia que yo cada vez que se haga pipi encima? Lo dejé y me fui angustiada, en vez de ser un día que se supone feliz por este paso tan lindo e importante para nosotros se estaba transformando en un calvario.

Pero mi sorpresa fue tal cuando la profesora me citó para el jueves para conversar el tema “del pipi” (creo que batí un récord al ser citada al cuarto día del comienzo de clases). Mi cabeza pensaba mil formas de disculparme porque mi hijo no controlaba esfínteres.

¡Pero qué locura la mía! ¿Por qué tendría que disculparme por esto?  ¿Por qué tuve que pasar meses tan estresada por el miedo que todos me metían respecto al tema pañal? ¿Por qué es tan temido para los papás si para nuestros niños simplemente no es tema? Todo mis temores, inseguridades y malestares se los estaba traspasando a mi hijo sin querer pero sobre todo por desinformación y necesitar cumplir estándares que nos imponen en la educación.

En esa reunión me comentaron que mi hijo sí iba al baño solo, que sí estaba aprendiendo y ¡todo iba bien! Pero justo nos tocó viajar al extranjero 2 semanas, en lugares con mucho frío y su infaltable ropa de nieve. ¿Cómo iba a lograrlo si en casa no quería usar el baño? Ahí decidí recién, luego de tantas semanas de estrés, relajarme y respetar su ritmo. Simplemente hacía falta que él quisiera, acompañarlo y que él estuviera listo, no el resto, no los adultos que lo rodeamos y sobre todo sin presión. Aprendí en este punto que un niño está preparado cuando lo está, y ya está. No hay más vuelta que darle.

Con todo esto reflexioné mucho sobre la presión que se da en los colegios, las tutoras no tienen manos suficientes ni el tiempo necesario para cambiar tantos pañales; no es falta de voluntad, es simplemente un tema práctico. Pero sobre todo reflexioné y cuestioné el impacto social que este tema significa durante los meses previos la entrada a P3, nosotras mismas transformamos esto en un tema importante y dejamos que nos influya fuertemente en un momento que se supone es tan importante y lindo para nuestros hijos. Finalmente, me imagino que con un segundo o tercer hijo se hace más fácil, más natural y respetuoso, pero seguimos estando muy lejos aún de dejar que esta presión escolar impacte de manera tan brutal sobre nosotras, las mamás.”

Constanza Prado Carrillo.
Mamá de Maxi