¿Podremos vivir sin abrazos?

Las restricciones en el contacto físico como medida para frenar el contagio del Coronavirus han puesto de relieve la importancia del cuerpo en la comunicación y la relación entre las personas. Repasamos el efecto de las manifestaciones corporales en la construcción del concepto de cuerpo durante la infancia.

Hay una señal que se repite en estos días de pandemia como expresión de la irrealidad y la extrañeza de la situación: la imposibilidad de abrazarse.

Lo hemos visto y oído de los familiares que han perdido a sus seres queridos en hospitales y residencias, cuando relataban lo doloroso que resultaba no poder despedirse y sentir la proximidad y la intimidad que supone la experiencia de un abrazo. Lo estamos sintiendo también en las advertencias que reiteramos a nuestros hijos y a todos nosotros, en general, cuando nos encontramos en espacios públicos o, incluso, privados: respetar la distancia social se ha erigido en la estrategia para evitar el contagio de este invisible y poderoso virus. No podemos abrazarnos. Mejor no tocarse. Esta crisis sanitaria y social afecta claramente a lo corporal.

Tomamos conciencia de algo que profundamente sabemos todos, pero que tal vez con demasiada facilidad olvidamos porque nos hemos desconectado de esta vivencia: somos cuerpo.

 Y, en tanto que cuerpo, sentimos la necesidad de movernos, de actuar, de sentir con los órganos sensoriales para captar y conocer lo que nos rodea.

Esta evidencia me hace pensar en un artículo escrito por Daniel Calmels, psicomotricista y escritor argentino ( «La hazaña corporal») * en el que aludía al cuerpo, no tanto como una apropiación sino como una construcción. Y esto quiere decir que, en los primeros años de vida, los niños y niñas van elaborando la experiencia corporal vivida en interacción con sus madres (padres o cuidadores principales) en los momentos de la alimentación, del descanso, de la higiene, del juego … Y se puede elaborar, se puede construir, porque todo esto está acompañado por las emociones. La alegría, la satisfacción que siente el bebé y la personita del niño o niña, así como el temor y su resolución que dará paso a la seguridad o el enojo con la vivencia de desencuentro y posterior reencuentro. Todo ello para ir alcanzando una conciencia de sí mismos, en forma, primeramente, de una imagen corporal (directamente relacionada con su propia identidad: ¿quién soy yo? …) y posteriormente de un esquema corporal que permitirá la organización de la comunicación y los aprendizajes (relacionada con la proyección en su entorno: con quien hago y cómo lo hago …).

En el mismo artículo, Calmels habla de la función corporeizante de los padres, como co-autores de esta construcción que supone el cuerpo de un niño o niña. Cómo fue sostenido el bebé en aquellos brazos, cómo fue mirado, cómo fue acariciado y limitado también en sus deseos, cómo fue hablado y cómo fue oído, condicionaron y condicionarán la forma de sentir ese cuerpo propio, como adecuado, como deseable, como campo de experiencia para el intercambio y la comunicación con los demás y, por extensión, con el Mundo. Más allá de los sentidos físicos de la vista, el oído o el tacto, tanto de unos (los padres) como de otros (el hijo o hija) esta función corporeizante, atravesada por la emoción y por las palabras significativas también, les permitió a ambos entrar en un contacto profundo y transformar esta experiencia relacional en la base de su identidad.

Y esto viene a cuento de lo que comentaba al principio sobre la situación que estamos viviendo todos por la pandemia debida al Coronavirus y la distancia social necesaria. No hay que tocarse y debemos mantenernos bastante alejados unos de otros. Esta imposibilidad nos está permitiendo valorar la importancia de nuestro cuerpo como herramienta de comunicación.

Probablemente se trate, estos días, de tomar conciencia y de concentrar la intención y el sentido de nuestras acciones no tanto en el tacto sino en el contacto. Un contacto que transmita y comunique a través de las manifestaciones corporales:

• la mirada, que se refiere a las ideas, a la imaginación y los sentimientos que se ven con los ojos del corazón

• la escucha, que muestra cómo estoy dispuesto a recibir lo que el otro me dice, a darle un espacio en mi pensamiento y en mi atención

• la voz, que imprime carácter y contenido a mis palabras; que les pone cuerpo, precisamente

• la postura y los gestos, que expresan con las manos y el movimiento la intención a distancia de un mensaje escrito en el aire

Todo esto lo hicieron con nosotros. Todo esto lo construimos en la relación con una madre (padre o cuidador principal). Todo esto está en nosotros.

Elevar nuestra conciencia para mantener una atención de calidad en la comunicación con los demás, con una presencia de mi persona en los gestos, en la voz, en la escucha, en la mirada, que posibilite, sin tocar físicamente, tocar el alma del otro.

* Calmels, Daniel. La hazaña corporal: El cuerpo en los procesos de comunicación y aprendizaje. (2011). Revista Desenvolupa.net

Eduard Díaz