Duelo por Covid-19 y duelo perinatal. El efecto traumático de no podernos despedir de un ser querido

Si no nos hemos cuestionado el efecto traumático de no poder estar al lado y despedirnos de un ser querido en el momento de la muerte por Covid-19, por qué nos cuesta tanto entender que una madre quiera acompañar y despedir a su hijo/a en el momento de su muerte, aunque pese 300 gramos o tenga 48 minutos de vida?

En la última conversación con la Dra. Elena Carreras, el día 9 de marzo de 2020, cinco días antes de la declaración del estado de alarma por la pandemia provocada por el Covid-19, después de la participación en una sesión clínica en el Hospital Vall d’Hebron sobre duelo perinatal en las gestaciones gemelares, coincidimos en que tenía que haber una reflexión profunda y colectiva sobre el duelo para seguir avanzando en el conocimiento y reconocimiento del duelo perinatal.

Probablemente, de forma inconsciente, ya nos estábamos avanzando a lo que la dura realidad nos ha permitido vivir. El millar de muertos por el virus SARS-CoV-2 en un periodo corto de tiempo y en unas condiciones inhumanas. Este virus ha irrumpido en nuestras vidas como un meteorito rápido, imprevisto, implacable.

Y además de sacudirnos por el número de seres queridos que se ha llevado, todavía estamos chocados por cómo los hemos tenido que despedir, o más concretamente por cómo no los hemos podido despedir.

Nuestros profesionales que están en primera línea, han trabajado como nunca, en unas condiciones precarias y después de años de manifestarse y denunciar que los recortes en sanidad nos ponían una soga al cuello a todos, pero especialmente a los más vulnerables. Cuánta razón tenían, cuánta razón tienen.

Y han sido ellos quienes nos han tenido que explicar cómo han acompañado hasta la muerte a miles de personas, padres, madres, abuelos y abuelas … cómo cuando es necesario, nos dirían, pero esta vez, en soledad, sin ser acompañados y reconfortados por la familia. Sin poder ser despedidos.

Si despedir a un ser querido ya es doloroso por sí mismo, hacerlo en la distancia y sin poderse despedir, sabiendo que está solo o sola, causa sufrimiento extremo. Sufrimiento en los enfermos, en los familiares y en los profesionales. Y no me cabe duda que también causa y nos causará sufrimiento a todos nosotros como comunidad.

Dicho esto, no puedo evitar hacer el paralelismo con todas las mujeres y sus parejas, que han perdido a un hijo en la etapa perinatal.

La pérdida perinatal es la pérdida de un hijo/a durante la gestación o los primeros días de vida. Este tipo de pérdida tiene unas connotaciones especiales. No sólo implica la pérdida de la presencia física del futuro hijo/a, sino también una ruptura con todo lo que la madre (y pareja) se ha imaginado sobre cómo será su futuro hijo/a, el vínculo que habían comenzado a tejer con él/ella, los sueños, los proyectos que como madre/padre/pareja habían empezado a construir.

Un hijo o una hija, lo es desde que la madre (acompañada de la pareja si tiene), le da el lugar de hijo o hija, sin contar semanas de gestación o gramos. Y ella se transforma en madre desde ese preciso instante. Pero por lo demás, si no tiene otros hijos vivos, pierde la condición de madre.

Ciertamente, el rol más duro que una madre puede ocupar nunca, es el rol de madre huérfana de hijo/a. No sé si alguna vez seremos capaces de encontrar un nombre (hoy sólo existe una palabra en hebreo, «Shjol») para designar al padre o madre que ha perdido a un hijo.

 A lo largo de la historia, las diferentes sociedades han ideado rituales, ceremonias o actos especiales para decir adiós a las personas queridas, otorgando un significado a la pérdida. El despido no es un acto que implica el olvido, ni debe ser impuesto ni por uno mismo ni para los demás, implica un acto de profunda aceptación de lo que ha pasado.

Tanto el acompañamiento de la persona amada en el tramo final de su vida, como la realización de rituales propios de la cultura (de la familia), son facilitadores de la aceptación y el inicio de la elaboración del duelo.

Si no nos hemos cuestionado el efecto traumático de no poder estar al lado y despedirnos de un ser querido en el momento de la muerte por Covid-19, ¿por qué nos cuesta tanto entender que una madre quiera acompañar y despedir a su hijo/a en el momento de su muerte, aunque su hijo pese 300 gramos o tenga 48 minutos de vida?

Después de lo que hemos vivido y nos toca vivir aún, deseo que seamos capaces de interiorizar y tomar mayor conciencia como sociedad de que perder a alguien y no poderse despedir es doloroso y traumático. Sea cual sea la circunstancia.

Continuamos caminando como sociedad. Escribiendo una historia nunca deseada pero que nos está o debería, desde una mirada colectiva; revolucionado y reinventando a todos los niveles. Y el concepto de duelo en toda su magnitud e incluyendo todos los tipos de duelo debe ser uno importante.

Mónica Druguet Sierra